lunes, 1 de enero de 2018

LAS FISURAS DEL TIEMPO


Hace ya décadas que estamos en un amplio cambio de ciclo. La mayoría de personas se dan cuenta de ello. Aparecen muchas tendencias e ideas nuevas, cuya presencia invalida o hace anticuadas las ideas / creencias antiguas. Todo ello ofrece un aspecto de renovación social, económica, ideológica, espiritual…

Pero… ¿Qué es exactamente un cambio de ciclo? Si el mundo fuese un teatro, tal cambio supone algo así como dejar de representar una obra para hacerle muchos, muchos cambios, y volverla a representar una vez actualizada. Se cambian los decorados, los argumentos, el guión y los diálogos, y también los personajes. Se cambia todo lo necesario para lograr el objetivo fundamental: volver a atraer la atención del público, volver a fascinar, a ilusionar.

O, dicho de otro modo: volver a generar emoción intensa, mantenida, renovada.

El cambio de una obra a la otra se tiene que hacer sobre la marcha. La representación no puede parar. Los beneficios de la empresa que gestiona el teatro son la emoción del público. Si esta emoción se deja de generar todo se queda sin energía, se colapsa.

Es comprensible, pues, que con tal cambio realizándose momento a momento se cree un cierto caos. Se mezclan la obra vieja con la nueva, los actores confunden sus papeles, escenarios y actos completos van y vienen, se crea mucha incertidumbre.

Se hacen pruebas y se añaden cosas para decidir qué y cómo se cambia. Aparecen nuevas escenas y guiones, unos se aprueban y tienen fuerza, otros son solo novedades temporales que no prosperan.

Y nosotros, los actores de todo ello, no sabemos muy bien a qué atenernos.

Hasta aquí todo esto, más o menos, ya lo sabemos. Es evidente, es lo que “aparenta”, y lo tomamos como la realidad actual.

Pero hay aspectos de este cambio que los actores (los seres humanos) no podemos ver, tan inmersos e implicados como estamos en esta transformación.

El primer aspecto es que este cambio de ciclo, este cambio de representación, es en sí mismo otro acto de la obra. Pero al ser algo que ocurre muy de vez en cuando, se nos escapa su verdadero sentido, que está más allá de su apariencia de cambio global.

Ese gran cambio, con su vaivén, sus novedades y transformaciones, es una mera distracción emocional más.

Mientras estamos absortos en esa distracción, algo más está ocurriendo.

El tema de fondo es que para representar una obra de teatro, se necesita un elemento fundamental: el tiempo.

La obra dura un tiempo determinado, y ese tiempo se puede medir por ciclos. Un cambio de ciclo produce ciertas fracturas o fisuras en el tiempo, a modo de “arrugas”.

Es decir, el tiempo no funciona exactamente igual como lo hace siempre.

El tiempo y la representación de la obra están sincronizados casi a la perfección. Tanto es así, que podemos decir que son la misma cosa. Pero cuando aparecen las fisuras hay un “escape de energía” de ese sistema unificado, que normalmente es cerrado y cíclico.

Y… ¿A dónde conducen estas fisuras, hacia dónde se escapa esa energía? Pues al lugar de donde surgió el teatro, la obra, los actores, y el propio tiempo: al Campo de posibilidades.

El Campo es un estado de semi-existencia que rodea al Universo y todo lo que éste contiene. Ese estado es el contenedor donde se alojan todas las posibilidades que se pueden dar en este universo existente. El campo alberga todo eso de forma potencial, guardada.

El Campo es una instancia que podríamos definir como una "acción de la Conciencia”, o un sueño de ésta. La Conciencia es un aspecto del Vacío absoluto que se volvió consciente de la vida en este universo, y así la imaginó.

Y exactamente de ahí venimos nosotros: los actores, junto con todo el decorado y el teatro mismo: el universo.

Volvamos a las fisuras del tiempo. Ellas nos permiten ahora mismo soltar la actual representación teatral, que está fuertemente polarizada entre lo viejo y lo nuevo, para colocarnos en un punto neutro entre ambos mundos (lo ya conocido, y lo nuevo por conocer).

En un cambio de ciclo la polarización es muy fuerte: las cosas buenas aumentan, las malas también, y se da una alternancia entre ambas. Es decir: te pasa algo muy bueno, y pasado un corto tiempo, esa situación u otra que estés viviendo se vuelve todo lo contrario, para desesperación del actor, que no sabe cuál es su papel en todo ello.

Por eso este artículo se acerca al confundido actor, con estas sugerencias:

  • Vuélvete tan neutro como puedas. Actúa mínimamente, haz solo lo necesario. No busques, no te preguntes por qué ocurren las cosas. Utiliza soluciones prácticas a tu alcance que te permitan ir resolviendo cosas, pero sin más pretensión. No atiendas a lo viejo, ni a lo nuevo, en la medida de lo posible.
  • No te desplaces por el tiempo: no recuerdes el pasado, no observes el presente, no adelantes el futuro, en la medida en que te sea posible. Hazlo solo para cuestiones prácticas o necesarias, nada más. 
  • No seas actor de ninguna obra: ahora puedes hacerlo, porque esas fisuras del tiempo te permiten recibir y ser esa Conciencia que está más allá de todo, de la que provienes y de quien te vendrá TODO lo que puedas necesitar.
  • No creas lo que te explican los nuevos argumentos / creencias de la obra, ni tampoco los rechaces. Permite que todo siga su curso. Haz tu trabajo y cumple tus roles habituales y necesarios, aceptando y soltando cada cosa que este cambio de ciclo te muestra.
  • Para ser neutro, solo respira conscientemente. Pon tu atención en la respiración y hazte uno con ella. Cuando puedas, cuando quieras, sin prisa. Simplemente respira así, y disfrútalo.

Hazlo, y dejarás de ser un actor fuertemente implicado en una obra, tan identificado con su papel, para ser el espectador que disfruta del espectáculo, sabiendo que todo cuanto ve es eso: un show para el placer.




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