martes, 24 de julio de 2018

RESPIRAR DESDE EL PARAISO


Salgo de la oficina silenciosa y con mucho aire acondicionado, y entro en el escenario de la calle, con ruido y calor. El cambio de escena me saca de mis asuntos mentales y me recuerda que estoy en la realidad aparente. Bien.
 

Mi atención se va a buscar a mi respiración. Se apoya y se acomoda en ella, se confía, se entrega a ella. Me dejo transportar por la maravillosa sutileza del aire que entra y sale de mí.
 

Mi respiración toma el mando en lo referente a comunicación emocional con el entorno. Ella es ahora el puente entre lo vertical y la realidad horizontal. Es su naturaleza, y yo le dejo hacer. Confío en ella, y ella me lleva. Mis emociones y pensamientos se quedan tranquilos, sin gran cosa que hacer más que columpiarse y mirar el paisaje.
 

Camino y entro en el metro, el medio de transporte más rápido en Barcelona. Veo lo que se mueve ante mi como una película tridimensional: personas de diferentes nacionalidades, pasillos, andenes, escaleras… todo es una sola película, homogénea, única. Todo es lo mismo. 

Paredes, personas y trenes hechos todos de la misma sustancia, expresando cada uno algo diferente.
 

Les siento como algo interconectado que me rodea. Les percibo a través del puente de mi respiración, que ahora es la Conciencia mostrándome todo desde sus ojos, más allá de cualquier concepto, más allá de lo que está bien y lo que está mal. Más allá de mí.
 

Estoy cómodo detrás de mi respiración, y al otro lado está el mundo. No hay apenas relación directa entre ambos. De hecho, el entorno no viene a buscarme para interactuar.
 

El gran ojo de la realidad no te ve apenas cuando estás posicionado ahí. Necesita mi inconsciencia, mi automatismo. Sin ellos no hay respuesta desde fuera. Sin ellos, el tiempo se para en mí, y mis recuerdos no se pueden alimentar de él.
 

Tan sencillo como esto. Tan simple que no se ve. El anzuelo de la realidad aparente ha entrenado a la población para buscar siempre lo elaborado, lo humano, la técnica que te proporciona un resultado.
 

Cursos que te enseñan a respirar, a vivir, a pensar, a sanar… porque complementan tu convencimiento de que tienes que aprender.
 

Y así, separando el aprender del enseñar, entramos de lleno en el río del tiempo.
 

En cuanto pones un pie en la dualidad -sin darte ni cuenta- ya el tiempo se encarga de separarte lo que buscas de aquello que quieres encontrar. Y eso nos parece muy normal, porque asumimos que necesitaremos más o menos tiempo para recorrer el camino que separa ambas cosas.
 

En mi paraíso sin tiempo estoy a menudo solo. Contadísimas personas cruzan el umbral para verme. Están todos bañándose en el río del tiempo. Reconozco que cada vez me apetece menos bañarme ahí, aunque aveces hay que aparecer en el escenario, claro.
 

Soy feliz en el paraíso. Es un gozo sin fin, un gozo íntimo, envolvente, que ni va ni viene. Es la entrega, la total rendición y despreocupación.
 

Quizás nunca hubo nada que no fuese el paraíso…


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