viernes, 8 de marzo de 2019

AUTOEXPRESION EMOCIONAL: DE LO HUMANO A LO DIVINO


Quienes me siguen pueden ver que a menudo comienzo mis artículos recordando algunas de las bases de Atico Cero, a modo de punto de partida. Así que, para ubicar el título de este artículo en el contexto adecuado, repasemos primero el lugar que ocupa la emoción en nosotros y en el entorno.
 

La emoción es el propio movimiento que activa, hace fluir e imprime acción a la energía.
 

A menudo pensamos en la energía como corrientes fluidas, cambiantes, como ríos que interactúan constantemente, o como puntos de emisión sin más. Es así, sí, pero olvidamos cómo está organizada toda la energía que forma la existencia, el mundo, la realidad.
 

Para que la energía fluya de un lugar a otro primero tienen que existir esos dos lugares. Ellos son estructuras energéticas, es decir, energía organizada. Tales estructuras son el "esqueleto" de la materia y de los planos que la acompañan (emociones, pensamientos, programas globales de funcionamiento, etc.). Les llamamos creencias cuando están ya polarizadas por el efecto de la dualidad. Y les llamamos conceptos cuando todavía no han pasado por ese filtro de polarización.

Un concepto es, por ejemplo, la pareja. Es la semilla original, creativa y disponible para ser utilizada si sientes unirte con alguien. Si quieres tener pareja y crees firmemente en esa forma de vivir, entonces pasa a ser una creencia, porque le has añadido un propósito, y es algo "bueno" para ti. Y si eres de los que prefiere estar solo y no quiere tener pareja, has adoptado la creencia de "no creer" en ello. Has filtrado el concepto como "no es adecuado para mi".

Por tanto, los conceptos dan lugar a las creencias. Y aquí vemos que el concepto mantiene su esencia unificada, sin divisiones, mientras que la creencia es en sí una división del concepto y por tanto es portadora de un conflicto; una semilla que, al anidar en nosotros, dará un fruto conflictivo, acorde a su naturaleza dual.
 

Tenemos la idea de que una creencia es algo que los humanos adoptamos, consciente o inconscientemente. Pero es al revés: la creencia es una estructura o entidad energética con vida propia (energía acumulada en torno a un propósito concreto), ávida de supervivencia, que nos toma a nosotros para instalarse en nuestro interior y recibir nuestras emociones. Las necesita para poder existir, para cobrar vida y entrar en acción.

Todo lo que existe en el mundo está formado por una creencia, alimentada con emociones generadas por seres humanos de todos los tiempos (pasado y futuro de la humanidad al completo), dado que pasado y futuro están existiendo ambos al mismo tiempo. Esto hace que la creencia guarde una cantidad gigantesca de emoción dentro de sí, y disponga de una fuerza, densidad y concentración de energía que le proporcionan un gran poder sobre nosotros. Las creencias son los grandes "ejecutores" de la realidad y los perfectos aliados del tiempo.
 

Y con esto quiero dejar muy claro que jamás existió ni existirá en este planeta (que es el escenario en el que nos desenvolvemos) una época o segmento de tiempo en el que no estén presentes los seres humanos; o están físicamente en ese espacio y ese tiempo, o están mirando y observando allí desde otro espacio-tiempo.
 

Esto es así porque el ser humano es el único capaz de generar la emoción que la estructura de la materia necesita para poder existir y actuar como tal. Los animales, las plantas y el propio planeta sí tienen emociones, pero las generan a partir de las nuestras. Hacen algo parecido a la Luna con respecto al Sol: reflejan lo que somos.
 

Los únicos seres capaces de generar emoción somos nosotros. Por eso el planeta, la vida en él y los acontecimientos son tan cambiantes: porque reflejan nuestras emociones.
 

Hasta aquí mi repaso de introducción. Ahora centrémonos en la emoción humana.
 

Llamo AUTOEXPRESION a la emoción pura y original que un ser humano es capaz de generar en un estado no filtrado por la dualidad. Por ejemplo: la emoción del amor. En muchas ocasiones (que apenas nos damos cuenta), cuando surge la emoción del amor en nosotros por primera vez respecto a algo o a alguien, surge sin decantarse hacia lo bueno ni lo malo. Es un amor “neutro”, que no toma partido hacia el miedo o hacia la euforia.
 

Al poco de nacer una emoción en nuestro interior, algunas de las creencias alojadas en nosotros irán hacia ella para alimentarse. No son exactamente depredadores o parásitos; son entidades que necesitan vivir y alimentarse, y de ellas depende la propia existencia material del mundo. Pero a efectos prácticos se puede decir que nos parasitan para poder crecer y seguir viviendo. Quien creó la realidad nos colocó a nosotros en ella para cumplir esta función generadora, así que esto es parte de la descripción global de cómo funcionan las cosas en la materia.
 

La forma en que una creencia se alimenta de nuestras emociones es polarizándola. Cada creencia se combina íntimamente con la creencia base de la dualidad, y genera una nueva emoción polarizada, que se superpone a la emoción pura original que había salido de nuestro pecho.

Una emoción polarizada se puede parasitar muy bien porque está fuera de todo centro o neutralidad. Pero una emoción pura autoexpresada está fuera del alcance de cualquier entidad, mientras se mantenga en el espacio neutro central de nuestro pecho. Ese espacio es así mismo el no tiempo, el verdadero presente, que solo puede existir fuera de la rueda del tiempo.
 

Por ejemplo: cuando nos enamoramos de alguien. Muchas veces la primera emoción de amor que sentimos es pura y original nuestra. Otras veces, si la persona está aferrada al mundo y a su identidad, nos podemos enamorar a partir de emociones contaminadas que arrastramos de otras cosas vividas. En este caso, si iniciamos una relación desde ahí, todo lo que generemos y recibamos emocionalmente será puro alimento para las creencias, y ellas literalmente poseerán la relación y su fluir.
 

Si conectamos desde el principio con una emoción pura en nuestro interior y tenemos esta comprensión de que es nuestra, es el inicio de un proceso maravilloso: la autoexpresión de nuestro amor. Esa emoción no irá a buscar una polaridad, siempre y cuando nosotros nos mantengamos en nuestro punto neutro emocional.
 

El punto neutro emocional es el centro del pecho, dentro de la línea vertical imaginaria que cruza nuestro cuerpo longitudinal y centralmente. ”Neutro” significa que no está decantado hacia el bien (positivo) ni hacia el mal (negativo). Nuestras emociones se autoexpresan cuando las mantenemos en el pecho y no las llevamos a la cabeza. Y diría más: se autoexpresan cuando no les añadimos ninguna intención ni propósito.
 

La alineación vertical del cuerpo conecta el cerebro (mente), el centro del pecho (emociones, intuición), los intestinos (instinto) y los órganos sexuales (creatividad). Estos cuatro centros están alineados para expresar siempre una sola cosa, sin divisiones. Es una característica de nuestra naturaleza divina, que el creador de la realidad-mundo tuvo que respetar forzosamente para poder traernos aquí.

Si mantenemos nuestra emoción pura surgiendo del centro del pecho, los otros tres centros la tomarán de ahí y la amplificarán, manteniéndola unificada y expandiéndola. Si, siguiendo la presión que ejercen las creencias para poder alimentarse, "empujamos" ese amor puro hacia la cabeza o hacia la energía sexual, ese empuje lo contaminará y entonces las creencias tomarán el control.
 

En nuestra sociedad actual se han desarrollado tanto las creencias que estimulan la mente que tenemos ese centro muy alterado y contaminado, y basta que empecemos a pensar acerca de lo que sentimos para que esa alteración mental condicione completamente nuestra pureza.
 

En el escenario del mundo el ser humano es la parte más visible y tangible del lugar de donde procede toda la existencia: la no existencia, el Vacío autoconsciente. Yo le llamo “el verdadero Dios”. Es la Conciencia original, la Fuerza de Vida.

Cuando sentimos emociones puras y las autoexpresamos, nos alineamos de forma natural con esa Conciencia del Vacío. Y ahí empezamos a recuperar y recordar nuestra naturaleza divina, como células integrantes de ese vacío, que jamás necesito crear un mundo ni su materia, porque Él ya es un todo en sí mismo, a la par que es nada.
 

Y en última instancia esa es nuestra verdadera autoexpresión: la nada.
 

En ella ni siquiera hay paz, porque no es necesaria.

Nada allí es necesario.

Allí, la nada es el absoluto todo, como una indescriptible y maravillosa emoción sin color, inexpresable con palabras, inolvidable para el corazón.



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