martes, 10 de diciembre de 2019

EL AMOR NO NOS NECESITA


Los seres humanos creemos tener la capacidad, el poder y el derecho a tomar decisiones o emprender acciones hacia el amor.
Creemos que podemos cerrarnos porque tuvimos una mala experiencia. Que podemos interferir en una relación de amor existente. O tomar la decisión de alejarnos de él; o el derecho a buscarlo y seleccionarlo según nuestras condiciones.

No podemos comprender la naturaleza del amor si ni siquiera sabemos qué hacemos en el mundo, si apenas ni salimos de nuestra constante lucha para sobrevivir a la batalla entre el bien y el mal que día tras día revivimos.

El amor nace en un lugar que NO EXISTE. Es decir, su origen está más allá de nosotros y de todo lo que podemos percibir. Un lugar que es nada y es todo, que nos está pidiendo rendir nuestra soberbia ante su inmensidad, estar desnudos y humildes ante la absoluta grandeza de aquello que nos da la vida.

El amor no necesita nuestras decisiones, nuestra pequeñez, nuestra experiencia.
No tenemos ninguna experiencia ni hay ninguna decisión a tomar frente a la inabarcable vida que somos.

El amor entra por nuestra puerta cuando él y sólo él sabe que es el momento perfecto, dada su perfecta naturaleza. ¿Hay aquí alguien que sepa tanto o más que el propio amor, y le quiera dar lecciones?

Preferimos aferrarnos al dolor del pasado y al miedo al futuro antes que rendir nuestro personaje humano y aceptar RELACIONARNOS EN LIBERTAD con el amor, que es la única forma posible de vivirlo.
Y es que no vivimos nada bien el paso del tiempo, así que le echamos la culpa a éste si no nos entregamos con la inocencia de un niño cuando sentimos amor.

El amor no necesita que yo crea que estoy en el momento adecuado para vivirlo. Eso es ponerse por encima de él.

El amor no necesita que yo exhiba mi lista de condiciones ideales bajo las cuales aceptaré amar a alguien.

El amor no necesita que yo decida acerca de mis lazos familiares, porque ese amor que allí fluye se basta y se sobra a sí mismo.

Nacemos de la Nada, y jugamos a ser alguien en el mundo. Pero cuando el amor llama a mi puerta, me olvido de quién soy y me arrodillo ante él, porque es mi Padre-Madre quien me llama, la Fuente de la que yo emano, siendo ambos sagrados por igual.

Y me abro incondicionalmente.

El amor decide por mí. Yo le sigo, incorporando su grandeza, sin hacer una sola pregunta.





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